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Tio Luis

La muerte me besó los parpados, cerré los ojos un instante antes de echar un último vistazo al montón de tierra con una vieja cruz clavada en el montículo , tuve ganas de fumar un cigarro, de llorar, de salir corriendo de ahí; pero no hice nada de eso, sólo me quede ahí, dos segundos, observando como la muerte nos habitaba un poco a todos los presentes. Con cada palada de tierra sobre el ataúd, mi infancia era sepultada, una parte de mi ingenuidad infantil murió el mismo día que enterraron al tío Luis.
Yo tenia tres años y él ya estaba enfermo, pasaba la mayor parte del tiempo sentado, yo corría por el patio de casa de mi tía con una moto negra de plástico, mientras cantaba el éxito del momento: “Súbete a mi moto”. A la hora del desayuno mi tío se levantaba y me acompañaba lentamente a la parte trasera de la casa, donde mis tíos tenían un pequeño corral con gallinas, ahí yo escogía el huevo que quería comer. Mis padres trabajaban, por lo cual en la mañana yo estaba bajo el cuidado de mis tíos, hasta que comencé a llamarlos a ellos papa segundo y mama segunda.
Mi papas, los verdaderos, prefirieron meterme a una guardería. Para cuando estaba en la primaria ya había perdido por completo el vinculo afectivo con mis tíos, sólo quedaban dudosos recuerdos y las palabras de ellos, cada vez que los visitaba recordaban que ellos me cuidaban y yo les decía papa segundo y mama segunda.
Yo tenia trece años y él, mi tío seguía enfermo, tenia constantes recaídas, a veces pasaba temporadas de tres o cuatro meses completos recostado en una vieja cama; cada vez que lo visitaba recordaba que él me había cuidado y se despedía, cada vez, como si fuera la última, solía decir que la próxima vez que lo viera ya no iba a estar ahí.
Yo tenía veintitrés años y decían que él, mi tío, ahora sí estaba a punto de morirse. Yo estaba a punto de emprender un viaje de seis meses en Argentina, por lo cual todos me recomendaron que fuera a visitarlo antes de irme, quizás cuando regresará él ya no estaría. Recuerdo que entonces estaba en una cama, con un respirador, apenas podía hablar, volvió a decirme que él me había cuidado y que cuando yo volviera él ya no iva a estar. Pero esta vez agregó que en verdad él ya se quería morir, soñaba que la muerte lo andaba buscando, por las noches sentía miedo de no despertar al siguiente día.
Estaba enfermo, no podía valerse por si mismo, apenas podía hablar y respirara, llevaba años muriéndose, años enfermo, años causando pesares y preocupación a su familia; pero se aferraba a la vida, parecía que nunca moriría y así, fue cuando regresé del viaje el seguía ahí, en su cama, enfermo, asegurando que quizá mañana llegaría la muerte.
Pensé que cuando yo tuviera treinta y tres, él seguiría igual, que incluso podría morir yo y todos antes que él, parecía inmortal.
Pero se murió, por fin, una madrugada de diciembre del 2008, ignoro su edad, ignoro muchas cosas de él; sólo se que estuvo enfermo mucho tiempo, que me cuidó cuando yo tenía tres años, que lo llamaba papa segundo, que era un hombre humilde de campo, que no sabia leer ni escribir, que su mirada era negra, profunda, melancólica, su paso lento, su voz ronca.
No lloré, pero me dolió, de pronto me sentí un poco más adulto, un poco más sensato, con mayor comprensión del mundo, menos inocente; y eso es triste, realmente triste. Quiero que mi hija nunca tenga que asistir a un funeral.

1 comentario:

  1. Los funerales son una de las pocas cosas que quisiera no haber visto nunca; tienes razón, yo también quisiera que la pequeña no fuera nunca a ninguno, pero quizá es ineludible encontrarnos con la muerte en algún momento.
    Abrazos grandes para los tres, los quiero.

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